Cómo desarrollar la creatividad y sacar tu potencial
Hace un tiempo, en uno de esos cafés eternos donde acaban saliendo las conversaciones importantes, alguien nos dijo la frase que hemos escuchado cientos de veces: «Yo es que no soy creativo, eso os lo dejo a vosotros.» Lo dijo mirando su taza, casi como pidiendo disculpas. Y no era la primera vez. Llevamos años escuchando esa misma sentencia disfrazada de humildad, cuando en realidad es una cárcel silenciosa.
Porque no, no es verdad. Nadie nace sin creatividad. Lo que varía es el acceso que tenemos a ella: cuánto la hemos entrenado, cuánto nos han dicho que la guardáramos en un cajón, cuántas veces decidimos que «eso» era cosa de otros.
Si te preguntas cómo desarrollar la creatividad, la buena noticia es que la pregunta ya está mal planteada. No se trata de desarrollar algo que no tienes. Se trata de recuperar algo que ya es tuyo y que, en algún momento del camino, dejaste de usar.
Qué es realmente la creatividad (y por qué no es solo «hacer cosas bonitas»)
Cuando hablamos de creatividad, casi todo el mundo piensa en lo mismo: pintar, escribir, tocar un instrumento, diseñar. Y sí, ahí está. Pero es una parte muy pequeña de todo lo que la creatividad significa.
La creatividad es, sobre todo, una forma de resolver. De ver un problema y encontrar un camino que no estaba escrito. Es decidir cocinar distinto un martes cualquiera, reorganizar tu casa de otra manera, encontrar las palabras justas para decirle algo difícil a alguien que quieres, o simplemente, elegir vivir un día de forma diferente a como lo has vivido los últimos doscientos.
Si estás vivo y resuelves algo cada día —y lo haces, aunque no te des cuenta—, ya eres creativo. La pregunta nunca fue si lo eres. La pregunta es si le estás dando espacio.
Por qué crees que «no eres creativo»
Nadie nace pensando eso. Se aprende. Y normalmente se aprende pronto, en un aula, frente a un dibujo que alguien comparó con el de otro niño, o en una sobremesa donde alguien dijo «en esta familia los creativos son ellos» señalando a alguien más.
Esas frases se quedan. Se convierten en creencias que ni siquiera cuestionamos, y que empiezan a operar como un filtro: todo lo que hacemos se mide contra esa etiqueta de «no soy creativo», y claro, siempre perdemos esa comparación, porque estamos jugando con reglas que no elegimos.
Crecimos creyendo que la creatividad es un don que se tiene o no se tiene, como el color de ojos. Pero cada vez hay más evidencia de que no funciona así: la creatividad depende de la coordinación entre varias redes del cerebro, no de una chispa mágica reservada para unos pocos. Es, literalmente, algo entrenable.
Si de pequeño te enseñaron que había una forma «correcta» de dibujar, escribir o pensar, aprendiste a autocensurarte antes incluso de empezar. Y la creatividad no puede convivir con la autocensura constante. Necesita espacio para equivocarse sin que eso signifique nada sobre quién eres.
La creatividad se alimenta de inputs: lecturas distintas, conversaciones que te descolocan, lugares que no conoces. Si tu día a día es exactamente igual desde hace meses, no es que hayas perdido la creatividad. Es que no le estás dando nada nuevo con lo que trabajar.
«No puedes crear desde el vacío. La creatividad no es un don que enciendes, es un músculo que alimentas.»
La creatividad se entrena, no se tiene o no se tiene
Esto no es solo una frase bonita para motivarte un lunes. La ciencia lleva tiempo insistiendo en ello. Estudios recientes de neuroimagen han identificado un circuito cerebral común a distintas formas de creatividad, y uno de los hallazgos más interesantes es que gran parte de las regiones implicadas muestran menos actividad en la zona del cerebro encargada de la autocensura y el juicio de reglas. Dicho de otra forma: crear tiene mucho que ver con bajar la guardia mental, no con tener un don especial.
Eso cambia completamente la pregunta. Ya no es «¿tengo o no tengo creatividad?». Es «¿qué estoy haciendo para entrenarla, y qué estoy haciendo, sin darme cuenta, para apagarla?».
Hábitos que desarrollan tu creatividad en el día a día
No hace falta reservarte una hora sagrada cada mañana ni comprarte un cuaderno especial (aunque si te ayuda, adelante). La creatividad se entrena en gestos pequeños, sostenidos en el tiempo:
- Crea con las manos, aunque sea diez minutos: cocinar, dibujar, tejer, amasar. El cuerpo desbloquea a la mente.
- Expónte a algo distinto cada semana: un libro que no leerías, un lugar nuevo, una conversación con alguien que piensa distinto a ti.
- Sal a la naturaleza sin el móvil. El ruido constante es uno de los mayores ladrones de creatividad que existen.
- Permítete aburrirte. El aburrimiento fértil, ese que no llenas inmediatamente con una pantalla, es donde suelen aparecer las mejores ideas.
El error no es el final, es parte del proceso
Una de las cosas que más frena a la gente que quiere desarrollar su creatividad es la idea de que cada intento tiene que salir bien. Y no. Cada intento que «no sale bien» te está dando información. Te dice qué no funciona, qué necesitas ajustar, por dónde no es. Eso no es fracaso, es parte del mismo proceso creativo, tan necesario como el intento que sí funciona.
Cuando dejas de exigirte que todo salga perfecto a la primera, la creatividad deja de sentirse como un examen y empieza a sentirse como lo que realmente es: un juego serio, con permiso para equivocarse.
Empieza hoy, con quince minutos
No hace falta una revolución. En El Manifiesto Creativo lo repetimos mucho: dedicar solo quince minutos al día a algo vinculado con la creatividad —escribir, cocinar, dibujar, hacer algo con las manos— puede cambiar tu estado de ánimo y, con el tiempo, tu forma de mirar la vida entera.
No necesitas ser «un creativo» para empezar. Solo necesitas darte el permiso que quizás alguien, hace mucho tiempo, te quitó sin querer.
¿Qué parte de ti llevas tiempo sin dejar crear? ¿Qué «no soy creativo» te dijiste hace tanto tiempo que ya ni recuerdas de dónde vino?
Tal vez no necesitas desarrollar más creatividad. Tal vez solo necesitas volver a darle permiso para salir.
¿Esto te resuena?
Volver al Manifiesto